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¡Mujer, tenías que ser!


El día que quise mostrar mi rostro al mundo, a pesar de que ya existían hospitales; mi abuela, obligó a mi madre a postrarse en su cama para alumbrarme.
-Allí hay muchos hombres, y para estas cosas “mujer tienes que ser”
¡Cuantas veces oí esa frase!, unas con orgullo y otras con desprecio; como la primera, aquél mismo día.
-¡Es una niña Antonio!
Las chinchetas azules de mi padre pasaron de reojo. Aunque nadie me crea, lo recuerdo perfectamente – Va, otra inútil más, “mujer tenía que ser”.
Pasaron los años y más de lo mismo.
El Antonio que decía ser mi padre, solo era un extraño que se llevaba a cazar y a pescar a mis hermanos. Mientras, yo, era entrenada en mis labores de zurcir y fregar, “por que para eso era mujer”.
Cuando ellos iban a la escuela para conseguir un porvenir, y llegaban tan felices con sus libros, me uní a su carro automáticamente “mujer tienes que ser”.
Y así crecí, quitando mierdas y aguantando los desprecios de los tres hombres de la casa, a los que tratábamos como reyes, por la simple condición de haber nacido varones.
A mis doce años observé que rondaba la casa con más frecuencia de lo normal, un vecino que me doblaba en edad; en una de esas le oí discutir con mi padre:
-¡No! Para que te la puedas llevar “tiene que ser mujer”.
-No se diga más, llegado el momento vendré y cerraremos el trato.
Y llegó el momento, y cerraron el trato.
Yo sin enterarme de nada, me vi con el rosario entre mis manos, en la casa parroquial, para formar matrimonio con Paco.
La seriedad de mi abuela, los sollozos de mi madre suplicando a mi padre que no lo hiciese y los ojos deseosos y brillantes de mi futuro marido, hicieron que me tamborilearan las piernas. Pero papá me agarraba con fuerzas.
¿Qué podía hacer yo? Tenía que cumplir el trato que mi padre esculpió durante dos años, y obedecerle, porque “para eso era mujer”.
Aquella noche, volví a maldecirme; a mí y a Paco.
A mí, por ser eso que tantas veces me arrojaron a la cara “mujer”; y a él por forzarme y por obligarme a realizar actos que “como mujer tienes que hacer”.
Y ocurrió el milagro, no se si aquel mismo día o algún otro del mes, pero me quedé preñada.
A partir de entonces, Paco cambió. Ya no me forzaba, más bien me adoraba. De esclava pasé a ser reina. Aun recuerdo la noche, que tendida en la cama me acaricio con dulzura la tripa, y llorando me dijo:
-Para este prodigio, “solo se puede ser mujer”; no sé si te lo he dicho, pero eres toda mi vida. Y me pidió perdón por robarme, besándome como nunca hasta entonces.
¡Qué cambio! ¡El Paco, mi Paco!, Aquél día me enamoré de él, de sus palabras dulces y de “mi condición de mujer”.
Porque para ser fuerte, no hacen falta músculos, solo ganas de vivir y de enfrentarse al miedo.
Hoy me siento afortunada y así se lo hago ver a mis tres hijas, a las que adoramos y hacemos valer como lo que son y les repito que serán siempre, ¡Grandes mujeres!

NO TODO ES LO QUE PARECE


La primera vez, la recuerdo perfectamente:
Sentía las legañas en mis dormidos ojos cuando sonó el despertador. Rápido como era habitual en mí, me calcé las zapatillas y fui presuroso a enjuagarme la cara. Al instante note el cambio.
Mi espejo (sin mi consentimiento), adelantó mi imagen. Sí, la adelantó.
Enseguida comprendí lo afortunado que era. ¿Quién en la vida real podía conseguir lo que yo?
Entonces, tras mirarme consecutivamente varias veces seguidas en una mañana, averigüé algo increíble. No solo eran unos segundos, me veía horas más tarde, pues mi barba que acababa de rasurar, asomaba oscura y rasposa. Tuve una gran idea.
Con miedo; descolgué el espejo, busqué los utensilios necesarios, y luego, lo desnudé de su marco forjado, colocándolo boca abajo sobre la mesa del comedor.
La luna, mediría un metro por setenta u ochenta centímetros y… ¿Por qué no?, ¿por qué no hacerlo?
Le pinté la espalda en varias porciones (parecía una tarta de bodas cortada por un niño); unos trozos grandes para la oficina, otros de cartera para mirarme en todo momento, otro ovalado para el coche; y así, lo diseccioné y lo coloqué en lugares que mas me podrían interesar.
Días más tarde, la suerte se inclinaba a mi mano. Me iba todo de maravillas ¡Haciendo mis trampas claro!
En el trabajo, adelantándome a los acontecimientos, comencé a tener un éxito increíble. En el coche, lo coloqué hacia el frente, reflejándolo en otro normal que miraba yo, y así, sabía que calles circulaban con menos tráfico (llegando siempre antes). Mi astucia se agudizo.
Con todo aquello, después de unas semanas, me sobraba tiempo; y la verdad es que no sabía como emplearlo.
Si me disponía a comer, en vez de probar un bocado, sentía la ferviente necesidad de mirarme en el vidrio. Y ocurría de nuevo, me veía tan atiborrado y lleno que terminaba apartando el plato. Lo mismo ocurría cuando iba a la cama y deseaba a mi esposa; mi apetito sexual, terminaba saciado sin hacer el esfuerzo, si quiera, de rozarle el camisón.
Sabía que lo que hacia no estaba bien, pero él, “los espejos”, me poseían.
Ahora, cuando intento pedir ayuda, estos se me adelantan cambiando mis actos y mis frases. Ya no pienso por mi mismo, incluso he escrito cartas y luego las he roto decenas de veces a través del cristal.
¡Me están consumiendo!, se apoderan de mí; la última vez que me vi, (hace un par de minutos) una careta de anciano cubría mi rostro.
Es una pesadilla, no creo que viva tanto. Aunque tal vez, a mis treinta y cuatro años, ya haya vivido lo suficiente.

LA VECINA DIFUNTA


Supe que esa noche había fallecido una amiga nuestra que vivía en el piso de abajo porque antes de que sonara el despertador se me apareció su espectro.
-Oye, que me he muerto – dijo, como si no acabara de creérselo.
Me quedé petrificada. El halo de luz que rodeaba su figura blanquecina, me erizó hasta el último de mis pelos. Y es que Paqui, era así hasta difunta, despreocupada como si en vez de haber perdido la vida, se hubiese desprendido de alguna prenda vieja.
Ante mi cara de pasmada, volvió a mirarme fijamente mientras me gritaba:
-Te has enterado bien, que he visto mi cuerpo hay abajo, y estoy más tiesa que una tiza.-
Entonces reaccioné, recordando mi trifulca con ella el día anterior (le tocaba limpiar la escalera, y como siempre quería que se la hiciese yo, “la tonta de turno”).
-¡Pues no! - le dije... - La limpias tú o contratas a alguien para que lo haga ¡fresca que eres una fresca!-
-¿Fresca yo? Con todo lo que he hecho por ti… pues sabes lo que te digo, que no me haces falta y que te vayas al infierno.- y cerró la puerta dándome un portazo en mis narices. ¡Como me dolieron sus palabras!
-¡Oye Pepi!- volvió a gritarme sacándome de mi trance.
-¿Qué hago?, ¿A dónde voy ahora?- me dijo la muy descarada.
Te juro que aquellas palabras salieron de mí como un vómito que te arde por dentro.
-¿Qué, que es lo que haces?, ¡Pues ahora, te vas al infierno!-le contesté retorciéndole mis morros y burlándome de ella.
Aquello, debió de cincharla, porque me clavó otra de sus miradas inquisidoras, se esfumó, y hasta el día de hoy.

SE VEÍA VENIR


Todo comenzó cuando el padre de Agustín, recomendó a Antonio para la portería; no es que ese empleo le viniera como funda a las gafas (especialmente Antonio no era un mañitas) pero sí que había sido un buen empleado de éste, y al cerrar la empresa, no podía dejarlo en la calle.
Con sesenta años y tres hijos aún a su cargo ¿Qué otra cosa podía hacer?
Desde el primer momento en que Antonio se instaló en el bajo, el veinte añero Agustín, se juró así mismo que ese ladrón usurpador, lo pasaría mal. ¡No lo soportaba!
Antonio había disfrutado durante años del cariño y respeto que le robaba de su padre, y ahora encima, tenía que verle la cara todos los días.
A partir de entonces, Agustín, administrador de la comunidad, ocupó su tiempo en hacerle la vida lo más empinadamente, posible con surcos y precipicios, para lograr su despido.
Con el alba, se embutía en su mallot naranja y arrastraba su bicicleta goteante y grasienta por todos los pisos de la escalera, (pues, vivía en el último) luego llegaba al parque y la embadurnaba de fango, para a su vuelta ensuciar el rellano. Zona común que debía tener impecable Antonio y que limpiaba sin rechistar.
Por las tardes se entretenía en untar mantequilla (que recogía del bar donde desayunaba) y pegar chicles, debajo de los barandales; era como un niño rebelde.
Una noche, bajando la basura, tuvo otra idea. Le hizo un agujero a la bolsa y fue esparciéndola desde el quinto piso hasta la portería.
Toda una semana ando con su fechoría, humillando a Antonio “el gran contable” a la decadencia de basurero.
Pero Antonio no era tonto, una noche se escondió en la azotea y cuando oyó abrir la puerta lo siguió sigiloso, viendo como desparramaba el contenido de la bolsa. ¡Lo pilló in fraganti!
-¡Agustín! ¿Cómo puedes hacerme eso? Si te he querido siempre como un padre.-
E igual que se le hace a un hijo malcriado que se porta mal, Antonio no lo dudó; alzo su mano, lo abofeteó con rabia, y lo tumbó.
Agustín, mientras se incorporaba, le soltó al portero “Queda usted despedido”.

EL LABERINTO BLANCO


El blanco del hospital deslumbraba sus profundos e inquietantes ojos verdes, pidiéndome a voces que no la dejase sola. Y yo, como su más fiel amigo, la acompañé.
Todo era nuevo para nosotros, que contábamos apenas ocho años, pero no nos echamos atrás y seguimos con nuestra inspección: la primera de las salas, que era grandísima y tan blanca como el resto, se encontraba llena de carteles “Por favor permanezcan en silencio”, “Sala de curas”, “Sala de vacunaciones”; fotos de niños en brazos de su madre, brazos con manchas muy extrañas, y otros anuncios que no recuerdo. Las otras salas eran similares, aunque más pequeñas, y estaban abarrotadas de gente (creo que por eso no nos vieron al entrar).
Buscamos en las de la derecha, en las de la izquierda, y nada ni rastro de “chuchito” nuestro amigo el “perro vagabundo”.
Hacía días que oímos a nuestras madres decir que el pobre Julián había entrado en el hospital y que su fiel amigo esperaba en la puerta su regreso. Pero Julián no volvería, el coche que lo atropelló lo mató en el acto, y a su perro nadie se lo dijo. Por eso estábamos allí para llevarnos a “chuchito” y hacerle comprender lo sucedido.
Me dolían los pies de tanto andar, pero María, aunque se aferraba a mi mano, tiraba de mí sin rechistar. Preguntamos a un señor muy raro con una bata también blanca, y nos dijo que allí jamás podría estar nuestro amigo, pues en los hospitales solo entraba la gente, y nada de animales. Discutí con él, claro, porque a mi gata la llevaron un día al hospital para operarla, y volvió con cinco puntos en la tripa, cosa que nunca conseguí verle, porque me arañaba, y yo solo le pude distinguir una raja pelona.
Después de un tiempo muy largo, una señora regordeta y con los ojos de búho, nos pidió que saliéramos, (aunque luego me enteré de que nos echó).
Decepcionados, nos sentamos en el bordillo de la acera, cerca de la parada de taxis y, entonces, fue cuando el señor de la camisa rosa se acerco a nosotros:
-Chicos, ¿que hacéis ahí? No sabéis que os pueden atropellar. Anda, buscad a vuestra madre e iros con ella.
-Hemos venido solos, y queremos encontrar a “chuchito” el perro del señor Julián- le contó María.
Y después de explicarle nuestra aventura secreta, nos llevo muy sonriente hasta la parte de detrás de ese sitio, en el que juré que no volvería jamás, aunque llevasen allí a mi gata “Lala”.
“Chuchito”, no quiso venir y la gente que iba de visitas al centro médico lo alimentaba demasiado bien.
Nos llevamos una autentica regañina, por faltar a la escuela sin permiso y aunque juré a mi madre que me había convencido María, ella terminó persuadida de lo contrario.
Malditos ojos verdes, por su culpa, desde ahora estoy observado constantemente y pidiendo permiso hasta para hacer pis.

ERNESTINA LA AUXILIADORA


La anciana Doña Braulia, empuñando un bastón, se presentó en casa de la joven que había salvado su vida aporreando el portón brutalmente y sugiriendo insultantes palabras.
Ernestina observó sigilosa por la mirilla y después de comprobar que se trataba de una encorvada anciana se dispuso a abrir. El aporreo del cayado retumbaba en todo el piso.

-¿Eres Ernesta la enfermera?-
-¿Qué ocurre?-... Pero baje ese palo. Sí soy yo... y no grite por favor que estamos en el portal-
-¿No me conoce?... me llamo Braulia y gracias a usted “seññorita” sigo en este mundo ¡Qué! ¿Vamos haciendo memoria?-
-No se de que me habla, la verdad.-
-¿Qué no me comprende? entender es lo que quisiera yo... ¿Quién te ha dado permiso para alejarme de mi difunto Ramón? Con lo cerquita que estaba ya de él. ¡Es la segunda vez que casi le rozo los dedos y tú “tú” me traes de vuelta!-
-Baje la muleta y no se ponga usted así señora, tranquilícese. Mi deber es cuidar de los enfermos y usted lo estaba.-
-¿Qué no me ponga así?... ¡Me pongo como me da la gana!-
-Chisss, baje la voz por favor.-
-Encima me manda la “niña” a callar... Mira vengo a advertirte que lo volveré a hacer; una, dos o diez mil veces, las que me hagan faltas y no pararé hasta que vuelva con mi marido. Así que tu sabrás lo que haces ¡Niñata!-

Braulia golpeó con fuerza el portón, dio media vuelta y se dirigió a la calle, dejando boquiabierta y pensativa a la joven Ernestina.
Cruzó la acera, justo, cuando el chico del quinto atravesó su garrote con el patinete.
Un crujido de huesos retumbó en toda la avenida. Doña Braulia abrió los ojos y vio la muerte ante ella; vestía de negro, como había oído y un intenso escalofrío recorrió su cuerpo cuando la guadaña la decapitó.
El chaval, el del patinete, contó a todos que antes de cerrar sus ojos, buscaba con la mirada y gritaba: ¡Ernestina, Ernestina, ayúdame!

EL NÁUFRAGO


Llegó a una isla deshabitada, tras llevarse varios días sujetado a un tablón de su pequeña embarcación. Las olas le habían golpeado tanto, que sentía el cuerpo magullado y entumecido por la frialdad. Casi, no tenía aliento, pero logró conseguirlo.
Era el único superviviente, sus dos compañeros de aventuras no lograron sobrevivir. Logró recoger sus cuerpos y los enterró junto a una de las palmeras que había por los alrededores de la isla.
Busco cobijo, pero no encontró nada. Cansado y sin apenas fuerzas, examinó la orilla para recoger lo que quedaba del barco. Se dispuso a hacerse una cabaña, no sin antes agotar el poco agua embotellada que arrastro una gran ola y de zamparse ansiosamente, tres bolsas de patatas fritas que encontró flotando.
Al cabo de unos días, se sentía orgulloso, ¡Subsistía por sí mismo! no necesitaba la ayuda del imbécil de su cuñado, y mucho menos del hermano de este. ¿Cómo fue tan tonto para dejarse embaucar?
Sobre el cuarto ó quinto día, cuando regresó de buscar comida, vio la gran desgracia. La cabaña estaba ardiendo, todas sus pertenencias se habían esfumado como si se tratasen de un simple papel. El humo nublaba el cielo, un cielo tan azul é inmenso como el mar que lo rodeaba.
Desesperado comenzó a llorar, se sentía sólo desamparado y el hombre más desgraciado del mundo.
Impotente, dio patadas a cuanto se puso al alcance de sus feos pies, sin percatarse de que aplastaba unos hormigueros de especie roja, y prosiguió con su labor, elevando a los pequeños insectos por encima de sus también feas rodillas. Luego continuó dando puñetazos a los cocoteros; molestando y espantando a los miles de mosquitos que en él se posaban. Y por último terminó tumbándose en un terreno cubierto de hierbas secas, las cuales iba arrancando como un niño malhumorado que tira de los cabellos a su hermano en una reyerta, maldiciendo y perjurando al que había sido su amado dios.
La respuesta fue inmediata, el cielo tronó, los relámpagos iluminaban cada tramo de la isla.
Asustado y tembloroso cesó con su rabieta, y lanzando una mirada furiosa al horizonte preguntó:- ¿Qué más desgracias pretendes enviarme, es que no ha sido ya suficiente?... Solo te pedí ayuda para subsistir y hasta eso me lo has negado, yo que he sido siempre tu ferviente devoto ¿No me has castigado ya lo suficiente?
El cielo retumbó de nuevo, pero esta vez, tan fuertemente que toda la isla tembló haciendo que las olas se abrieran como mandíbulas a punto de devorarla.
Al instante todo quedo quieto, en silencio. El hombre paralizado de temor no daba crédito a lo que sucedía. De pronto, se oyó una aguda y fuerte voz:
-¿Cómo osas tratarme así? A mí que te lo he dado todo. Te puse a las hormigas para que observaras como trabajan y sacan partido de todo cuanto les rodea; no has aprendido nada y encima las maltratas...
-Te coloqué los cocoteros, para que te sirvieras de sus hojas y su madera; para que bebieras su agua y comieras de su fruto. Y los mosquitos ¿Qué me dices de ellos? eran para que limpiasen con sus picaduras las ampollas é impurezas de tu piel, y tú… tu los espantas maldiciendo en mi nombre.
-¿Y qué me dices del trigo? ¡Inepto! Te cubro la isla de espigas y te vuelcas en ellas arrancándolas. Así es como me lo pagas, desagradecido. Solo has sabido valerte de lo sustraído en el naufragio y no quieres ver las riquezas que tienes a tu alrededor.
Atónito a la respuesta obtenida, el solitario hombrecillo miró a su alrededor, y dando cuenta de todo lo que acababa de oír, se arrodillo sollozando y cubriéndose el rostro con sus enormes manos. Luego pidió perdón a todo lo que se movía y agradeció a su “compasivo dios” el haberle devuelto (la vista).

¡VAYA FIESTA!


-¡Mama! ¿A dónde vamos?
-A una caasa…
-¿Qué haremos allí?
-Descansar…
-¡No le mientas a la niña Engracia!
-Tía Mercedes, yo no quiero descansar.
-Tranquila cariño, que vamos a una fiesta.
-¡Qué bien! ¿Y los primos y los tíos también vienen?
-Sí cielo, y te diré un secreto: he oído decir que seremos las estrellas del salón.
-¿Y podremos cantar y bailar?
-Eso no lo sé, pero me han asegurado que algunas de nosotras presidirán la mesa junto al pavo más hermoso que se haya visto.
-Tía Mercedes…
-Chiss…que abren la puerta.
El furgón de los recados se abre delante de una gran casa; es inmensa, los adornos cuelgan por todas partes. Iluminado con bombillas multicolores en forma de guirnaldas el jardín se asemeja a un arco iris.
-Se oye musiquita de fondo ¡creo que son villancicos!... ¿Hacia dónde nos llevará este chico?... ¡Me encantan los vestidos que nos han puesto, parecen de encaje blanco almidonado! Qué raro ¿Por qué estarán todas tan calladas?... ¡Huy!, suena el timbre; es una melodía de navidad, estoy casi segura, es la misma que tarareaba el abuelo. Aquel anciano... el muy cara, se recostó en un esponjoso pastel y no le volvimos a ver
-¿Los señores de Gálvez? Les traigo un pedido.
-Ya era hora. Adelante, pase, al fondo está la cocina, puede dejarlo sobre la mesa.
Después de un gran silencio.
-¡Se han marchado chicas, podéis abrir la boca!... ¿No es emocionante? Mirad a vuestro alrededor.
-¡Huuuy! – dicen a la vez.
-Buenas noches ¿Qué tal? Soy el salero y llevo aquí décadas ¿Cómo os ha ido el viaje?
-¡Buenas noches!- Gritan todas.
-¡Niña, no seas mal educada y saluda a la señora!
-OH fu, buenas noches ¿Esta no es la fiesta? Yo quiero ir. Allí están cantando.
-Tranquila pequeña, muy pronto vas a estar y… no creo que te guste tanto.
-¿Porqué? Yo nunca he estado en ninguna, pero mi mama y mi tía Mercedes dicen que es muy divertido.
-Según para quien hija, según para quien, ya lo veras ten paciencia.
-Querida, esta sobrina mía nunca está contenta con nada. Cuando estábamos en la viña, siempre igual “¡Que calor! ¡El sol me agrieta la piel!” Incluso se quejaba de que la estrujásemos. ¡Nadie diría que es de nuestra misma cepa!
-La comprendo, estas jóvenes de hoy son todas iguales.
-Después de dos horas de críticas, charlas y de ver entrar y salir a la señora regordeta, estoy súper, aburrida... ¡No es justo jo! Todos se divierten ahí fuera y nosotras esperando ¡Esto es un rollo!
-¡He! Pero ¿Qué sucede? Señora, déjenos ¿Hacia dónde nos llevan Sofí?
-No lo sé ¡Mamá, tía!
-¡Señora, no abra el grifo, no, ya me bañe! Tíaaa, no quiero, por favor.
-Pfff... Que fría esto no es divertido.
-Tranquila hija mía ya verás…
-Tía Mercedes, no quiero que nos separen... ¡Agárrame fuerte mama que me llevan!
En la cocina entra una niña, tendrá unos doce años.
-¡Pilar por favor! Ya sabes que me gustan peladas y date prisa, que faltan quince minutos para las campanadas.
-Muy bien señorita.
-¿De quién estarán hablando, no será de nosotras no?... ¡Hay dios, creo que sí! Pero ¿Qué está haciendo? Deje a mi prima que ella no le ha hecho nada ¡Manoli, lo siento!
-No te preocupes, ya no pueden hacerme más daño
-Creo que hemos tenido algo más de suerte, parece que sean olvidado de nosotros- Se oye decir a Miguel.
-¿Por qué nos colocan sobre cuencos de cristal, y encima de una bandeja?-¡Eh, esto se mueve! Otra vez no...¡Mamaa!-¿Pero hacia donde nos vamos?
-Chicas se abre el salón. ¿Cuánta gente?... ¡Uáaa! Manoli no llores mira estamos en la fiesta ¡Qué bonito, vaya árbol como brilla; y que mesa! Anda ese debía de ser el pavo y... ¿Mamá, que haces hay? ¡Qué bien has sido una de las elegidas!
-¿Qué ocurre ahora, que son esos sonidos tan fuertes? ¡Tía Mercedes! ¿Estás por ay? ¿Me oyes, porque mira toda esa gente el reloj del televisor?
-¡Ding, dóng! Una…
-¡Díng, dóng! Dos…
-¿Qué ocurre, a donde os llevan? Casi no veo nada.
-¡Ding, dóng! Seis...
-¡Ding, dóng! Ocho.
-¡He, deje a mi tita, Tíaaa!
-¡No que horror, tía! Siento como las lágrimas recorren el verde de mí piel. ¡Asesina! ¡Gorda!...se ha comido a mí tía. No puedo dejar de llorar ¡Vaya mierda de fiesta!
-¡Díng, dóng! Nueve.
-¡Díng, dóng! Diez.
-Adiós chicas, llego mí hora… ¡Copa, dile a todos la verdad! ¡Has justicia! Adiós mamá…
-Hijita mía resígnate…
-No llores mamá ¡Te quiero!
-¡Díng, dóng! Once, doce.
-¡Feliz año nuevo!...

COSAS DE LA EDAD


Julián no podía creerlo, cómo una joven, hermosa y coqueta se había fijado en él (contaba sesenta y tres años y no albergaba ninguna esperanza de amor). Tras enviudar, cinco años atrás, no se había fijado en las mujeres como tales, solo tenía en mente el recuerdo de su querida Marta.
Pero aquel día fue distinto; desde primera hora de la mañana, su compañera de trabajo Rosa que contaba veintidós años, no hacía más que insinuársele, provocándole con su enorme escote y rozándose con él cada vez que le dejaba algún material sobre la mesa. Hasta que llegó lo inevitable.
-¿Julián, que te parece si esta noche cuándo acabemos, tomamos una copa?- dijo ella con voz dulce y melodiosa.
-Una copa…-Titubeó –Bueno es que yo…, no estoy acostumbrado a beber, ¿no te gustaría ir mejor con Daniel? Tenéis la misma edad y posiblemente los mismos gustos- dijo señalando al chico que estaba en la fotocopiadora.
-Vamos Julián… ¡Que no eres tan carca!, además si quisiera ir con Daniel, se lo hubiese pedido hace tiempo, pero es que no es mi tipo... Anda… solo una copa que no te voy a comer-
Ante la insistencia de Rosa y sucumbiendo a sus encantos respondió:
-De acuerdo, a las diez cuando salgamos te espero en el aparcamiento-
Y allí estaba él, impecable con su traje de chaqueta gris merengo y sus zapatos brillantes de betún; esperando como un quinceañero en su primera cita. Estaba tan inquieto que tuvo que desabrocharse el nudo de la corbata, sintiendo como la ropa le encogía a cada minuto de espera. Cuándo no ojeaba el reloj de pulsera, sacaba el móvil del bolsillo de la camisa y miraba la hora una y otra vez; se le hacía interminable. ¿Cuál era la razón?... Sólo sería una copa y aunque ella le gustaba, seguramente no llegarían a más.
De pronto, un ruido, le sobresaltó. Una moto de gran cilindrada llegaba desde el fondo del garaje, parando en seco delante de él.
-¡Venga, sube!- gritó la voz del motorista, ante su asombro.
Y levantándose el casco, dejo al descubierto su hermosa melena rubia. Era ella.
-¿Aquí?... no es mejor ir en el coche…- Respondió titubeando.
-¿En eso…? Anda, no seas cobarde, con el tráfico que hay nos moveremos en mi Harley más rápido.
El pobre Julián, no tuvo más remedio que acceder. ¿Quién se resistiría?...
Llegaron a un bar cargado de humo y música a todo volumen. Después de tomar tres o cuatro copas Rosa le tiró de la corbata invitándolo a bailar.
Y así seducido por sus encantos, el viudo pasó parte de la noche como un jovenzuelo bebiendo y sudando “a chorro”. Pero la embriaguez, se apoderó de él.
Cuando despertó, le dolía terriblemente la cabeza, se tocó la frente y notó que llevaba puesto un vendaje... ¿Dónde estaba, qué podía haber ocurrido?
Miró a su alrededor y vio a Rosa dormida, tumbada sobre un butacón y con los pies sobre una silla ¡Pobre chica!- pensó.
Al fondo, la tele… dando las noticias de la mañana. No era su casa, supuso que era la de la chica. Pensó un poco y los bochornosos recuerdos llegaron a su mente; Alguien se propasó con Rosa, y él se enzarzó en una pelea como un crío celoso.
Miró de nuevo el televisor, la presentadora, le lanzó una mirada; en ese instante, le recordó a Marta (su difunta esposa) - ¿Pero qué has hecho insensato? - le decía.
Recogió su chaqueta, miró el joven rostro de Rosa durmiendo plácidamente, y se marchó en silencio, mientras pensaba en la escusa de “La próxima vez”.

¿CREERME CABALLO?




¿CREERME CABALLO?
Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo. Al llegar la noche ese pensamiento venía a mí. Apenas yo recostaba mi cuerpo de hombre, ya empezaba a andar mi recuerdo de caballo.
Cuándo me tumbaba, emergía en mí esa sensación que me obligaba a adoptar la postura: las rodillas dobladas con los pies hacia detrás, el torso contra la colcha, los brazos en la almohada inclinando los codos al frente, las manos con los puños cerrados rozándome el pecho y la cabeza ladeada a un lado.
Entonces un día me vi. En el espejito del armario empotrado. Ese momento fue mágico, no era humano como yo creía; mi cuerpo padecía una extraordinaria transformación cubierto por un pelaje gris brillante, mi pijama de ositos había desaparecido, también mis calcetines azules eran ahora pezuñas blancas sin herradura, mi cabello negro y pulcro lucia una crin nevada y trenzada al igual que la cola; con un colgante al cuello que se me iluminaba.
Cerraba los ojos y galopaba por los cauces de un río, trotando entre los chinos y guijarros, salpicando agua. Luego, cuando volvía a la realidad, calculo que a las dos o tres horas, me despertaba sediento, con un cansancio tremendo y un fuerte dolor de pies.
Una semana más tarde, después de tener el primer encuentro nocturno con mi otro yo, sucedió algo inesperado.
Era el cumpleaños de mi hermanita pequeña, la familia y amigos nos reunimos en el salón para partir la tarta, y justo después vinieron los regalos: el primero fue una muñeca llorona, le siguieron, un puzzle, una guitarra, un cuento, y por último, el de mis padres, un enorme paquete con un lazo rosa.
Susi corrió a destaparlo, como había hecho antes con los otros. Casi me desmayo al verlo, ¡Mi otro yo! ¿Qué hacía allí? Convertido en un inerte peluche.
Dicen que me puse blanco, que retrocedí, tropecé con los juguetes y caí al suelo dándome un fuerte golpe en la cabeza. No lo recuerdo, sólo guardo en mente la absurda explicación que dieron:
El caballo había sido escondido en mi armario sin mi consentimiento y sin yo tener consciencia de ello durante una semana, lo demás “lo deduje solito”.
La puerta del ropero era de espejo al exterior, pero si mirabas desde dentro, se divisaba como un cristal normal toda mi habitación. La luz del colgante del potro, efectivamente estaba activada. Mi absurda postura para dormir y mi loca imaginación, de niño, hizo el resto.
A partir de ese día y con mucha fuerza de voluntad por mi parte, comencé a atarme los pies a los barrotes de la cama, con el fin de mantenerme erguido y olvidarme para siempre de mi disparatado razonamiento.
Han pasado unos años y aún me queda esa duda aunque ya no sueñe con ello. Me parecía todo tan real…

CARMEN "LA DE LAS SERPIENTES"



CARMEN “LA DE LAS SERPIENTES”
Aquel año, el del sesenta y cuatro, fue tan grande la riada, que aún me entran escalofríos al recordarlo.
Ocurrió sobre las tres de la tarde. Cuando el agua llego al saloncito me dirigí con mis enormes botas calzadas hasta la rodilla, en busca de mi preciado tesoro, el más valioso que jamás he tenido, “mi urna de crista” (que contenía los ejemplares de serpientes exóticas más brillantes del sur de Panamá).
De pronto, tambaleándome sobre mi propio pie, con la urna al alcance de mis dedos ¡zas! me caí de golpe en el agua, quedándome paralizado y viendo como mis mascotas escapaban como un látigo de mi vista.
Tan rápido como pude, di aviso a las autoridades. La alarma corrió por mi pueblo.
No me atreví a salir a la calle, pues algunos vecinos me insultaban y perseguían con sus garrotes:
-¡Sinvergüenza, dedícate a la cría de canarios como todo el mundo! ¡Anda, bucea, a ver si las encuentras!-
Jamás he vuelto a sentir tanto bochorno. Tal fue el escándalo que salimos en las noticias. Mi casa se lleno de curiosos, entre ellos tres coleccionistas, que se apostaban capturar “mis tesoros” a cambio de un ejemplar.
Pero la cosa no terminó ahí, después de limpiar los destrozos de la riada, pasados cuatro días, aún no teníamos ni sospecha de donde las podíamos encontrar.
La gente se irritaba cada vez más, insistiéndome en que las buscara también por la noche, que era cuando sus colores se ponían fosforescentes. Y nada ni rastro.
Agotado y sin fuerzas, me senté en un banco cuando la vi pasar.
Carmen, la tonta del pueblo, con su singular vestimenta llamando siempre la atención: llevaba una camiseta ajustadísima amarillo chillón de la que sobresalían dos grandes almohadones, y una falda azul con rayas verticales que le llegaban a sus huesudos tobillos, en la cabeza una pamela de paja.
¡La pobre, creía que siempre era primavera! Desde que perdió a sus trillizas se le fue la cabeza.
Agarraba un carrito de bebe, el cual no dejaba de mecer y al que acercándole un biberón decía -¿Mis bonitas niñas no quieren más?, ¡Mira Andrés! - Me dijo, levantando un bulto entre sus manos.
No lo podía creer; como si me pinchasen el trasero, pegué un respingo y corrí hacia ella.
-¿Cómo lo has hecho, donde las has encontrado?- le dije asombrado.
-¡Son mis bebes! y chisss…no grites que se acaban de dormir- me contestó medio enfadada.
Por fin terminó mi calvario, allí estaban mis reptiles cubiertos con un trozo de tela rosa.
Los vecinos del lugar se acercaron a mi llamada quedándose igual que yo, atónitos. La llenamos de preguntas ¡Que lastima! como lloraba cuando conseguimos quitarle el cochecito.
-¡No os llevéis a mis niñas!- gritaba entre sollozos -¡Han estado toda la noche malitas! Y les he tenido que dar valeriana para que se duerman-
Algunos se reían, y otros como yo, nos compadecíamos de ella.
Nunca se supo como lo hizo, increíble que no le picasen. Lo que sí es cierto, es que aquél fue el hecho más asombroso que ocurrió en “La barquera del sombrero” mi pueblo, (durante el famoso año sesenta y cuatro); y si no es mucho presumir, en los diez años siguientes, hasta que ocurrió la tragedia del ahorcamiento del Benito. Bueno esa es ya otra historia.

DESDE MI BALCÓN



Llevo ya más de veinte años en esta silla de ruedas y me siento como un coche de los años treinta (los primeros que vi), pero claro, sin ser reparado desde entonces porque esas piezas ya no existen a no ser que las fabriquen expresa mente para mí y ese no es mi caso.
Cada día mi hija Rosario, que tiene ya sesenta y ocho años, me asea como puede, aunque a veces no muy generosamente debido a su edad. La ayuda Inesita, una chica ecuatoriana que ha tenido que contratar.
Sobre las once de la mañana, (lo sé porque aunque no haya un reloj al alcance de mi vista, si miro la posición del sol consigo situarme en el tiempo) bueno pues sobre esa hora, me suelen colocar en el balcón que da a una avenida, la de “La Soledad”.
No es por capricho, ni por abandono, no, no pensemos mal. Es por petición mía. Desde que vivo con Rosario hará unos cincuenta años; al poco de fallecer mi bendita Jacinta ¡que dios la tenga en su gloria! Me suelen arrastrar un butacón de piel bobina, que tienen destinado para mis posaderas, hasta muy cerquita del ventanal del balcón el cual han acristalado para que no coja una pulmonía. Y desde allí he estado mirando a los transeúntes imaginándome como pueden ser sus vidas.
Ahora mi mente me llega a superar, puede ser porque es lo único que me funciona con claridad; tal vez, solo pienso que tal vez, la haya desarrollado más de la cuenta.
No quiero ser vanidoso, pero si dios me diera el don de poder volver a gesticular palabra con claridad, y expresar todo lo que por mi mente “lúcida y despierta” transcurre, me darían un premio de academia mundial. Un “Novel” o un “Príncipe de Asturias” como mínimo.
Bueno pues ahora, desde mi balcón, ya conozco a casi todos los que pasan por la calle, e intuyo cual puede ser su forma de actuar.
Enfrente y al pie de la calle, encontramos el bar Centurión 2. Lo dirige Luis, un señor calvo de unos cincuenta años, ayudado por dos cuarentones que se dejan la piel en el negocio. En ocasiones, solo muy de tarde en tarde, se sienta allí Manolo mi yerno; ese pedazo de pan duro y correoso; si fuera por él estaría yo en una residencia, y no en una de pago, que te permiten tener una habitación propia, no, si no en una de las hermanitas de la caridad (no tengo nada contra ellas, lo juro) en las que tienes que compartir cuarto y hasta pijama si la ocasión lo requiere, con tres o cuatro individuos que no conoces de nada y se encuentran en tu misma situación.
Así es Manolo, solo las copitas que le sirve Luis, le hacen parecer humano. Aunque a mí no logra engañarme.
Me voy de mi relato, como un preso que se fuga de la cárcel por un camino equivocado, y al que esperan los centinelas ¡Perdón! Vuelvo pisando sobre mis pasos, doy marcha hacia tras, y regreso a mi balcón.
Junto al bar hay una tienda de toldos y persianas, el chico que atiende es un poco recio y cara dura, todas las mañanas y hasta la hora de almorzar aparca allí su furgoneta blanca sin ser zona destinada a ello; forzando a maniobrar a todos los conductores. Si yo pudiese hablar por teléfono, ya me hubiese oído la policía local, ¡No hay derecho hombre!, ¡Que solo yo lo vea! ¿Y los demás? ¿Están ciegos o no pueden usar la lengua como yo? ¿Tanto ha cambiado el mundo desde que no salgo?
La avenida siempre esta concurrida de tráfico, cosa que han aprovechado unos cuatro chavales rumanos, que fingen ser unos limpias. Yo los he visto en más de una ocasión ¡son unos pillastres! Mientras uno entretiene al conductor, que baja las ventanillas para ver lo que quiere, el otro se acerca al asiento del copiloto robándole el bolso, móvil o lo que tengan a su alcance. Lo practican con tal agilidad, que el señor o señora, termina con cara de lastima y culpándose por no dejarle que haya limpiado su coche a cambio de una mísera moneda.
Cuan ruines llegamos a ser los humanos.
La semana pasada, sin ir más lejos. Tendrían que ser las dos de la tarde, porque los escolares cargados con sus enormes mochilas al hombro, se apresuraban por las aceras. Una señora joven con un cochecito de bebe de una mano y una niña de unos cuatro años de la otra, después de esperar que el muñequito del semáforo se tornara verde; bajo su escalón con firmeza y se decidió cruzar la calle, de pronto y sin ver del lugar que salió, un energúmeno montado en una motocicleta a toda velocidad se salto el disco dando de bruces con la joven madre, enviándola a ella y a su pequeña a más de cincuenta metros de distancia.
El golpe fue tremendo, el carrito siguió cuesta abajo, siendo detenido por un chaval.
Rápida mente, la calle se lleno de curiosos que no sabían qué hacer. Menos mal que Luis se enfrento a la situación. Yo estaba furioso, no podía hacer nada y lo vi venir. La sangre me hervía por todo mi inútil cuerpo, la mandíbula se me desencajo al intentar pedir ayuda a Inesita. Pero no me oía. Solo conseguí babear y escupir, emitiendo unos sonidos muy extraños.
Al cabo de quince minutos llegaron dos ambulancias. ¿Cómo pudieron tardar tanto si el hospital esta solo a dos manzanas?
A la joven, la trasladaron en una camilla inconsciente y mal herida. Los gritos de la pequeña se escuchaban por toda la calle. Una de sus piernecitas colgaba como una rama torcida por debajo de la falda del uniforme.
El público, “los curiosos” no hacían nada; unos pasaban de largo, no querían problemas, y otros, se echaban las manos a la cabeza horrorizados.
Cuando estuve a punto de ver lo que había sucedido con el sinvergüenza de la motocicleta, llego mi hija Rosario.
-¡Inesita! ¿Has oído las ambulancias?
Como las va a oír, si no se quita esos odiosos cascos en toda la mañana, siempre escuchando y cantando bachata.
-¡Inesita! Ayúdame ahora mismo a quitar a mi padre de aquí. No es un espectáculo para que lo mire.
Una vez más, mi enérgica y vieja hija, ha logrado sacar fuerzas para evitarme una muerte segura, causada por mi angustia.
-¡Hasta cuando señor!...Tengo noventa y seis años. En otras circunstancias quisiera vivir eternamente. Pero tal y como estoy será mejor que me lleves ya con mi Jacinta.
A veces, cuándo me encuentro en mi balcón, cierro los ojos, pienso en ella y me transporto al pasado.
-¡Por favor dios! , La próxima vez, que no aparezca Rosario.

¡QUE VUELVA SERAFÍN!



Aquel día, Serafín, se encontraba de buen humor, algo raro en él, ya que solía levantarse siempre con la ceja derecha elevada a un lado de la cara y eso significaba un humor de fieras.
Todo aquel que lo conociera podía percibir el aire de superioridad que respiraba; pero no siempre había sido así, en su corta vida, los tropiezos y baches con los que se encontró le hicieron reforzar su carácter.
Desde los ocho años se dedicaba a lo que más le apasionaba, la magia, y desde esa misma edad había tenido que enfrentarse a burlas, desengaños y frustraciones; pero de todo se aprende y aquella mañana Serafín, estaba seguro de su triunfo, un triunfo que le marcaría su carrera a la fama para siempre. ¡O eso creía!
Se acicaló el bigote, se cruzó el batín, se sentó en el sillón del escritorio y allí comenzó a hacer un millón de cálculos de geometría. Al atardecer, cuando ni recordaba que había almorzado, saltó del butacón de un brinco -¡Ya lo tengo! Por fin un truco a mi medida.
La sonrisa le apartó el pincel pelirrojo de la comisura, enseñando sus perfilados dientes blancos (y hasta canturreó aquella poesía que su padre le solía recitar); nervioso cayó en la cuenta del poco tiempo que le quedaba para la anunciada actuación y sin pensárselo dos veces comenzó a apuntar todo lo necesario para ejecutar su plan:
-Dos tablones de madera para la levitación, un elevador, cuatro metros de tela de seda roja para cubrir a Esmeralda, ummm... -y pensando para sí, cerró sus ojos imaginando, y continuó - Tres cuerdas invisibles, dos poleas… creo que ya esta todo, ¡si ya está!-
Se imaginó un público exaltante y eufórico gritando “¡Serafín! ¡Qué vuelva Serafín!”.
Pasadas unas semanas, y Serafín y su ayudante Esmeralda lo tenían todo preparado para el gran día; ella, una exuberante rubia, con unos tacones de vértigo y un mallote azul cobalto brillante; él, un joven alto color zanahoria, con esmoquin de seda negro. Eran la pareja perfecta.
El anuncio lo habían colocado por toda la ciudad llegando a los oídos de la gente de otras poblaciones que no quisieron perderse el acto, pues se anunciaba como algo sobrenatural en una comarca como aquella.
Sobre las diez de la noche, el público comenzó a entrar en la sala, los más impacientes gritaban - ¡Qué salga el mago del mostacho! ¡Qué salga ya! - Los otros, se acomodaban en sus asientos.
Una musiquita de fondo atenuaba el teatro cuando apareció el presentador:
- ¡Buenas noches señoras y señores! Gracias por venir, el gran maestro Serafín comenzará en breves momentos, mientras tanto deléitense con esta divertida actuación.-...
- Con ustedes ¡Los payasos equilibristas “Majoris”! -
A excepción del escenario, todo el salón quedó en penumbras. El silencio fue mayoritario.
Mientras tanto, Serafín, más asustado que nunca, retocaba los últimos detalles:
- Que no se te olvide Esmeralda, por tu madre, que nos jugamos nuestra reputación. En cuanto suene el “chic” “chic” de la sintonía, aprieta con fuerzas el interruptor. -
- Lo que usted mande don Serafín, no se preocupe que eso solo ocurrió una vez y no más. -
- Si una vez, pero vaya bochorno… Que aún no hemos podido regresar a esa ciudad. -
- Le aseguro que no fue mi intención, Señor Serafín. -
- Bueno dejemos aquello y vamos ha centrarnos en lo nuestro. -
Los aplausos llenaron el patio de butacas. Serafín detrás de las cortinas, no hacía más que indicar a su ayudante por señas, que pulsara en el instante correcto el botón rojo.
- ¿Estáis preparados? - gritaba el maestro de ceremonias.
- ¡Sí! - gritaban al unísono.
- ¿Dónde esta el bigotudo? - comentó burlón un espectador.
Y las risas volvieron a llenar el aforo.
De nuevo, sonó (pero esta vez más tétrica) la melodía de fondo.
El telón se abrió de par en par, dejando a la vista de todos al ansiado mago y su guapa ayudante; el público eufórico se puso de pleno en pie, aplaudiendo y vitoreando sin cesar.
El maestro, dio un paso al frente y dijo para suavizar:
- Buenas noches, parece que hoy no han traído las hortalizas… Me alegro, se nota que aquí también hay crisis. -
El teatro rompió a carcajadas, y Serafín comenzó su actuación.
Al principio realizaba trucos sencillos para ganarse a la gente, y según fue adentrándose la noche, introducía algunos más arriesgados. El broche final, el anunciado.
- ¿Estaréis impacientes verdad? Pues, que no sea más. - ...
- Por primera vez en un teatro, algo que nunca se ha hecho, voy a intercambiarme por mi ayudante, que estará a la vista de todos, levitando. Es un acto muy arriesgado, pues el más mínimo desconcierto puede causarle lesiones cerebrales muy graves. Por favor, ruego el más absoluto de los silencios.
Diciendo esto Serafín hizo que Esmeralda se tumbara sobre una camilla.
Al instante elevando sus manos por encima de ella (simulando pases mágicos), el gran mago elevó a la joven por encima de su cabeza.
Al fondo, el más absoluto de los silencios, sólo una música placentera y solemne hacía acto de presencia. El público estaba embelesado.
El instante esperado llegaba, Serafín debía de subir por detrás de Esmeralda con el elevador mientras ella caía rápidamente hacia el otro extremo, lo tenían tan ensayado que no cabía duda, pero para el maestro no estaba todo tan claro, la chica era tan torpe…
- Bueno - se dijo - La melodía se acerca, ahora o nunca. -
Y llegó el “chic” “chic” de la sintonía acordada. Serafín cerró los ojos; con el tacón pulso la palanca que le hizo saltar por los aires intercambiando su cuerpo por el de su ayudante, pero… No fue así, Esmeralda aun seguía esperando con el rostro tapado, el maldito sonido.
Tumbado junto a ella tuvo que soportar el humillante bufado de la totalidad de la sala. Lo empeoró aun más su compañera, cuando dejó escapar unos ronquidos que hicieron estallar a los asistentes en cólera.
- ¡Sinvergüenzas! ¡Marcharos y devolvednos el dinero! -
- ¡A la calle…! Largaros de aquí.-
- Con razón quería que trajésemos hortalizas - gritaban.
- ¡Yo si que te voy a dar zanahorias cuando te bajes de hay, pillastre! -
Los acomodadores, mientras el joven continuaba soportando desde arriba el chaparrón de insultos, intentaban hacer salir a la gente para que no se les acercara, pero… eran demasiados.
Rápidamente acorralaron al mago y su ayudante, tirando todo lo que había a sus pasos. En ese momento alguien pisó el pedal, y Serafín y Esmeralda cayeron de bruces en el suelo.
La chica salió forzosa de su trance mientras la jaleaban por los brazos, y Serafín salió apaleado y amoratado, jurándose a si mismo: - ¡Dios! Si alguna otra vez vuelvo a hacer magia, que se me caiga el teatro encima. -
Desde entonces, queridos niños… “El Zanahoria” como le recordamos aquí, no ha vuelto más a las andadas. Al menos, no por los alrededores.
Los chicos del parque se miraron unos a otros en busca del cabello rojizo, y evidentemente allí no se encontraba el mago Zanahoria; solo una anciana con el cabello ceniza y lágrimas en los ojos que les decía:
-“Podría haber sido un gran mago, si no hubiera estado allí la torpe joven” Podría haber sido un gran mago…-

LAS BUENAS COSTUMBRES




Llevo toda mi vida ¡qué ya son cuarenta años! , oyendo decir a mi abuela: “Tenéis que aprender a alimentaros; cada vez se comen más porquerías, los buenos modales sobre la mesa son esenciales”.

Ella tenía tres reglas básicas:
●La hora de sentarse a la mesa, era sagrada y nunca se incumplía. En cada comida teníamos que estar todos juntos:
-¡Unión familiar! Decía mi abuela.
●La postura correcta y relajada. Este momento del día, era muy importante para todos nosotros que aprovechábamos para charlar y contarnos nuestras cosas.
●Y la más importante, la buena alimentación (ensalada, legumbres y algo de carne y pescados).

Si alguien necesitaba algo más, podía tomar postre, basado en alguna fruta de la época. Cada comida iba acompañada de grandes jarras de agua, que según ella era lo más sano. En mi opinión creo que la economía familiar tuvo mucho que ver en ese detalle.
Los domingos, eran especiales. Venían mis tíos con mis primos y ese día almorzábamos sopa con picatostes, y pollo con patatas fritas. Para los mayores; sangría y para nosotros los pequeños; zumo natural de naranja.
Me imagino a mi “mamá Lola”, con su delantal blanco y su bandeja de buñuelos recién hechos ¡Qué olores aquellos y qué bien lo pasábamos!
Hoy en día estoy casada, y con dos hijos adolescentes. Aunque, he intentado seguir las costumbres familiares, me ha sido casi imposible. Mi marido con jornadas intensivas en el trabajo y mis hijos con horarios escolares diferentes ¡casi nunca coincidimos a la hora de comer! Aunque cuando podemos, nos reunimos con el resto de la familia, en el campo o haciendo alguna ruta en bicicleta, la cual terminamos con una barbacoa y una inolvidable reunión familiar.
Mis chicos hacen poco ejercicio, apenas les queda tiempo: entre las tareas de la escuela, que son bastantes y las actividades extraescolares. Gema, con catorce años y algo de sobrepeso, ya está harta de visitar especialistas y de seguir dietas que nunca consigue terminar.
Durante sus compromisos y salidas scout, los bocadillos son la principal base de su régimen alimenticio.
Como los niños no juegan en la calle, se sientan frente a la televisión o a jugar con las consolas. Y si son algo más mayores como los míos, chatean con el ordenador o navegan por Internet. Claro, que están más informados y más espabilados que cuando teníamos su edad.

¡Si mi yaya abriera sus ojos! Cómo han cambiado las cosas. Está muy bien, informar a la sociedad para que tengan unos hábitos saludables y de su repercusión en la salud. Pero lo difícil es cumplirlos, con la clase de vida que actualmente llevamos. ¡Ah, por cierto!, “Mamá” Lola nos dejó con noventa y siete años y mi madre va por los setenta. Algo tuvieron que ver sus tres reglas. ¿No les parece?

EL INMORTAL




Aquella mañana salía temprano, quince minutos antes para ser exactos; sacó su pequeña bici del trastero y se colgó su mochila al hombro. No era muy grande, pero sí lo suficiente para ocuparla con los bocadillos, su cofre y su declaración de amor.


Todo marchaba de maravillas camino al centro, Helena impregnaba sus pensamientos “Un fin de semana con ella en la granja escuela, marcarían una excursión inolvidable”, y no lo vio, no se dio cuenta de la extrema velocidad que alcanzaba el Ford azul; continuaba sumido, su mente no captaba otra cosa ¿qué le contestaría ella, le aceptaría?


Y ocurrió, el imbécil que conducía se saltó el Stop. Él voló rebasando el auto, para luego caer inerte en la carretera y formar parte del asfalto.


Todo acabó. Su última visión “Helena”.


El resultado fue trágico: treinta y cinco años en coma; desde entonces su cuerpo sigue conectado a sondas, y lo peor, sin obtener respuesta de la persona soñada.


Ahora todos lo conocen por “El inmortal”.


A pesar de los años transcurridos, su historia continúa saliendo en los televisores del país. Seguro que Helena pudo oírlas en su día, pero entonces era demasiado pequeña para comprender, ahora ya es tarde, se habrá olvidado.


Él sigue luchando por sobrevivir. Sorprendentemente nadie ha durado tanto, tal vez algún día logre despertar y consiga entregar su carta.

Los que están junto a él, dicen que por las noches, llora en su cama muy despacio en un rincón.

LA PLUMA DEL JOVEN ERNESTO

El joven Ernesto, empuñando una pistola, se presentó en casa del hombre que le había arruinado:
-Vengo a entregarle mi arma, después de todo es lo único que me queda. Sé que ha considerado que dejándola en mi poder voy a quitarme la vida, pero... pensándomelo muy bien ¿porqué no lo hace usted mismo?...

-Ya veo, no tiene agallas suficientes y esta no es la pluma que utiliza para dar su estocada... -¡Ha! Que eso lo hacen sus sirvientes, que usted no se mancha las manos, claro, ¡Perdóneme Señor Rodríguez! ¡No faltaría más! ...

-Me esta mirando el traje ¿verdad? Sí, negro riguroso. Me pareció lo más oportuno después de encargarme de su familia. Como acostumbra usted, otro ha hecho el trabajo sucio... - Y no se preocupe, también he dejado las suficientes pistas y motivos para que lo culpen; así que me marcho...

-En pocos minutos vendrá la policía, ¡mire! ya oigo las sirenas...

-Con mi arma en su poder ya está todo resuelto. ¡Hasta siempre señor Rodríguez! ¡Enhorabuena! Acaba de matar a su esposa e hijo.-

Y serenamente, el joven Ernesto, dio media vuelta y se marchó.